Vivimos en la era del postureo social, donde cada café, cada viaje y cada logro personal se convierte en contenido digno de Instagram. La vida real ha dejado de importar: lo que importa es cómo nos vemos mientras la vivimos. Y eso, te aviso, puede ser agotador.

La ilusión de la perfección.
Instagram, TikTok, X… todas estas plataformas han perfeccionado el arte de mostrar vidas impecables. Pero detrás de la foto perfecta hay noches de insomnio, ansiedad y más cafés de los recomendables.
Es como estar en un teatro: todos esperan que interpretemos un papel que no pedimos.
Las reglas no escritas del postureo.
- El brunch siempre fotogénico. Café derramado o croissant aplastado, olvidado.
- Viajes de película. Si no hay playa, montaña o atardecer épico, ¿vale la pena salir de casa?
- Éxitos cuidadosamente dosificados. Foto de premio en mano, lágrimas en el baño.
El coste de aparentar.
El postureo no solo gasta tiempo, también consume salud mental. Cuando la realidad no se parece a la imagen que mostramos, llegan culpa, ansiedad y sensación de fracaso. Medirnos con estándares irreales es agotador, y lo sabemos.
¿Y si dejamos de aparentar?
La vida auténtica no se mide en likes ni seguidores. Compartir derrotas, momentos absurdos y cafés derramados libera más que cualquier filtro. La vida real es caótica, imperfecta y humana. Y eso no se puede fingir.

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